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La mujer del cuadro y Perversidad: la trampa de la soledad

Hay dos películas de cine negro, de  Fritz Lang para entender la soledad en su cine. En ambas películas, vemos a un personaje (Edward G. Robinson) de vida gris, que está ávido de aventuras, en ambas veremos cómo las cosas se complican para este hombre de apariencia modesta, de vida anodina.
La mujer del cuadro fue una película de 1944, producida por Nunnally Johnson, basado en la novela Once Off Guard, de J. H. Wallis,
La historia de un profesor universitario que, ausentes su mujer y su hijo, que conoce a Alice (una inolvidable Joan Bennet), la cual seduce al profesor, le lleva a su casa, allí llega su amante y el profesor (Richard Wanley) mata en defensa propia al tipo, tendrá que deshacerse del cuerpo, viviendo una pesadilla, pero, en realidad, todo ha sido un sueño.
La idea que tuvo Lang de tratar el subconsciente de este hombre, sus anhelos de una vida menos anodina, le llevan a esa historia donde todo ha sido soñado.
La idea de la importancia del arte como sustituto de la vida aparece aquí como tema sustancial, ya que Wanley conoce a la mujer en una galería de arte donde admira su retrato, hay un onirismo latente en la historia, como nos recordó Noël Simsolo en su libro sobre Lang, cuando dice:
"Lang transforma el melodrama policíaco en una representación de los mecanismos del inconsciente, no dejando nada al azar. El retrato muestra una mujer que el protagonista desearía encontrar, de la misma forma que el espectador de una película sueña con encontrar a la mujer cuya imagen le ha fascinado en la pantalla. Toda esta ficción implica una doble "aventura" en la que la idea del sexo se mezcla con la de la muerte en una culpabilidad común" (Noël Simsolo, Fritz Lang, Ediling, 1982).
Esa verdad anida en la historia, como bien dice el crítico de cine, ya que el deseo de vivir otra vida parte de su soledad, un hombre casado que no siente apego a una vida de rutina y que vive la fascinación de un encuentro con una bella mujer que se interesa por él. Tan alto merecimiento para un hombre anodino (otro hombre sin atributos como M. aunque aquí le dota de más personalidad, sin cosificar al personaje, como sí lo estaba Lorre en M.).
Todo es onírico en la película, la imagen de Alice reflejándose en el cristal junto al cuadro que contempla Wanley, la forma imprevista en que llega el amante, la solitaria y lluviosa carretera por la que se interna el protagonista para esconder el cadáver, la mirada del fiscal (un genial Raymond Massey).
La película está llena de un metodismo y una perfección absoluta, ya que no existe plano que no conlleve una imagen distorsionada de la realidad, son pequeñas brumas donde el protagonista sueña su historia, fruto de su notable mundo de soledad.
Que Lang eligiera a Joan Bennet fue un acierto ya que la guapa actriz dota al personaje de una mirada perversa, es la tentación como Eva cuando le dice a Adán (salvando las notables diferencias con G. Robinson) que muerda la manzana.
Si La mujer del cuadro incide ya en lo onírico, en Perversidad (1945), Lang ya no hace concesiones, se adentra totalmente en el mundo del infierno, al hacer una historia donde una pareja (los mismos actores de La mujer del cuadro, aquí también amantes, Dureya y Bennet), se ríen y utilizan vilmente a otro hombre solitario, un personaje aún más dotado de simpleza, un verdadero hombre sin carácter, dominado terriblemente por su mujer.
Fue un producto de Diana Productions, que Lang creó con la guapa Joan Bennett, el guión de Dudley Nichols sobre una famosa pieza teatral de Georges de la Fouchardiere, merece nuestra máxima admiración.
Christopher Cross (Robinson) conoce a Kitty  (Bennett) y se enamora de ella, para mantenerla cuando va a verla, es un hombre casado, comete un desfalco en el banco en el que trabaja como cajero, luego descubrirá que es objeto de chanza y de manipulación por parte de la joven y de su amante (Dureya), mata a Kitty y logrará que culpen a su amante, Cross se marcha mientras vive la pobreza, sin saber que los cuadros que pintaba para matar su vida anodina, empiezan a venderse a gran precio.
Esta historia, como La mujer del cuadro, tiene tintes oníricos, nos cuesta creer en la relación de Cross con esa mujer, por qué la mantiene, por qué llega tan lejos, por qué llegará a matar a Kitty. El título original de la obra en que se basa es La golfa, pero se decidió cambiar el título para evitar la censura de Hollywood.
Hubo una versión de Renoir de la obra de teatro con Michel Simon como protagonista (ambos G. Robinson y Simon tienen una extraña imagen de hombres de aspecto tosco con aspecto de niños, como si se hubiesen perdido en la infancia, a mi modo de ver, habría que unir a estos dos grandes monstruos del cine, el de Laughton).
Lo más interesante de la película es la atmósfera de pesadilla, la crueldad al que someten al pobre hombre, donde se trasluce la enorme soledad de un personaje que irradia, en cada plano, compasión, un hombre sin suerte, lapidado por aguantar a su mujer y engañado por la bella Kitty.
El triste personaje servirá a la mujer como criado, no sólo la alimentará, sino que, en una memorable escena, le pinta las uñas de los pies (como hará Mason con Sue Lyon en la famosa Lolita de Kubrick). El grado de desprecio al que somete a Cross no tiene límites, entendemos entonces las respuestas violentas del hombre, ya que, en esta historia, el tema de la soledad, tiene tintes más duros que en La mujer del cuadro.

Deseos humanos: el destino fatal de los personajes de Lang.

Pero Deseos humanos (1954) es una de las grandes muestras de la soledad de los personajes de Lang, cuyo destino está trazado por la adversidad.
Deseos humanos es un remake de una película de Jean Renoir, al igual que Lang recreó la versión que hizo el cineasta francés de La golfa. La idea de hacer esta historia (la película de Renoir se llamó La bête humaine), dio unos estupendos frutos porque la película tiene la temperatura de un mundo claustrofóbico donde un grupo de personajes solitarios tienen que enfrentarse a la fatalidad de sus vidas.
La historia está basada en un relato de Emile Zola, ya sabemos que el escritor francés se caracterizó por crear mundos depravados y por ser el adalid del naturalismo, escuela en la que se evidenciaban las peores características del ser humano. Por ello, la película rastrea en esos mundos sórdidos, ambientada en el mundo del ferrocarril, donde, como si de una metáfora se tratase, la vida pasa rauda, como los trenes, sin que podamos cambiar el destino que les conduce a sus lugares de llegada.
Carl Buckley es un hombre anodino que acaba de ser despedido de su trabajo en el ferrocarril,  tiene una joven esposa, Vicki, la inolvidable Gloria Grahame, que intenta interceder sobre un hombre influyente para que Carl recupere su puesto, lo consigue, pero Carl, invadido de celos, descubre que ambos fueron amantes en el pasado y decide asesinar a Owens.
Entra en escena un ex combatiente de Corea (papel que interpretó el notable y atractivo Glenn Ford) y, después de ser seducido por Vicki, ésta le pide que mate a su marido. Al final, Ford abandona la idea. La marcha de ella, tras la negativa de Ford a cometer el asesinato, produce el malentendido de su marido, el cual cree que ambos han huido juntos, encuentra a su mujer y la estrangula.
Podemos pensar, con un argumento así, que la bestia humana (siguiendo el título de Renoir) es el marido (interpretado por un excelente Broderick Crawford) pero, en realidad, se trata de la mujer, capaz de seducir a varios hombres, despertar los celos de su marido, la mujer es, sin duda, un ser malévolo que trae la tragedia a todos sus protagonistas.
Los temas de Lang están en la película: el adulterio, la soledad, la violencia, la idea de la manipulación de unos seres sobre otros, etc.
Para Quim Casas, en su notable estudio sobre Lang en Cátedra, Signo e Imagen, la planificación de la película es envidiable, lo que demuestra que el cineasta vienés era un artífice del cine en todas sus perspectivas:
"La planificación de Lang es determinante en este sentido: les dedica a Warren y a Vicki un plano medio mientras se abrazan por vez primera y, cuando inician su beso, acerca la cámara en corto y casi imperceptible travelling como si quisiera vulnerar ese aparentemente feliz encuentro amoroso". (p. 211).
Por ello, la fatalidad está presente, es una película donde la inmensa soledad de los protagonistas no hace concesiones, ninguno de ellos tiene nada realmente, Carl quiere solo poseer como un objeto a Vicki, ésta desprecia a Carl (otro hombre sin atributos de la filmografía de Lang, siempre con las mismas características, poco agraciado, a veces violento, raro y celoso) y el personaje de Glenn Ford viene también de la soledad, de la guerra y del desencanto vital. Sí es, sin embargo, un hombre con conciencia, porque el deseo de tener a Vicki no le lleva al asesinato, sino que le refrena su criterio ético.
Miguel Marías, el gran crítico de cine, también cita el tema de la fatalidad a raíz de esta película, cuando dice lo siguiente en un artículo de la revista Nuestro cine, perteneciente a octubre de 1969:
"Como ese tren no puede salirse de su vía, los personajes languianos no pueden huir del destino implacable que rige y guía sus vidas".
Cierto, porque la película se centra en la fatalidad de cada uno de ellos, en el fatum terrible que les lleva a ir perdiendo todo lo que tienen, como si estuviesen tocados por la mala suerte.

Laura de Preminger: Cine negro con mayúsculas
  
Se han hecho muchas películas con policías, algunas tan convencionales como las que ha rodado Stallone o tan interesantes como las que protagonizó Clint Eastwood como Harry, el Sucio, pero, también Nueva York ha sido escenario de títulos tan conocidos como Distrito Apache: el Bronx (1981) de Daniel Petrie,  donde Paul Newman y Edward Asner compartían protagonismo, en una cinta interesante sobre las dificultades de la policía de Nueva York, pero las hay impactantes, casi escatológicas, como la que protagonizó Al Pacino a las órdenes de William Friedkin A la caza (1980), cinta donde el policía entra en la dinámica del mundo homosexual, para descubrir a un asesino de gays, objetivo que irá convirtiendo al policía en otro hombre, un ser transformado por el mundo que ha conocido, en la famosa escena final cuando su chica, Karen Allen, le llama y él ya sabe que no es el mismo hombre, sino otro muy distinto, algo ha cambiado en su sexualidad.
Pero las hay más clásicas, películas que no han perdido un ápice de su grandeza, como Laura (1944) de Otto Preminger, donde Dana Andrews es el policía encargado de descubrir el asesinato de Laura Hunt. El policía tiene, sin duda, un gran protagonismo porque mantiene su peso en la historia, es el hombre que entrevista a todos los que conocieron a Laura, el que descubrirá que Laura no ha muerto y el que se enamora de la bella mujer (papel interpretado por Gene Tierney, una de las más mujeres bellas del cine americano clásico).
Pero habría que empezar por el rodaje, difícil, porque Zanuck, el grande de la Fox, no quería que Preminger dirigiera ninguna película más en su compañía, tal era el odio que le tenía. El director comenzó a desarrollar el guión de Laura con un escritor Jay Dratler, tras rechazar la autora de la novela la adaptación de su texto a la pantalla. Zanuck llegó a leer el guión y convocó a Preminger a su despacho. El famoso productor había prometido que el director vienés no trabajaría más en la Fox, así que envió el guión a otros directores, entre ellos, Walter Lang o Lewis Milestone. Estos rechazaron la propuesta, que fue aceptada por Rouben Mamoulian.
Otto no se desligó de la película, ya que contribuyó al guión, pese a que la relación con Mamoulian no era buena, contrató a Samuel Hoffestein y Elizabeth Reinhardt. Fue Hoffestein quien ideó algunas de las mejores escenas de la película, quedando el trabajo de Jay Dratler en segundo plano.
Muy poco tiene que ver la película con la novela original de Vera Caspary, ya que el proceso del guión fue muy intenso y cambiaron muchos de los diálogos de la novela. Sí conservaron la idea eje de la película, la aparición de una mujer desfigurada y asesinada con una escopeta y la aparición de la mujer a la que se creía muerta, Laura. Es curioso que una novela, en la que Vera Caspary se negó a adaptar al cine, de segunda categoría, se convirtiese en una cinta de primera, cuando la autora de la novela, muy convencida de su gran historia, creía que pasaría lo contrario.
Pero tras veinte días de rodaje y viendo el copión de lo rodado, Zanuck se dio cuenta de que Mamoulian carecía de genio para hacer una gran película y, pese a su orgullo, contrató a Preminger como director. Preminger cambió muchas escenas, cambió el vestuario y retocó el decorado. Sustituyó el cuadro del retrato de Laura Hunt pintado por la mujer de Mamoulian (Azadia Newman) por una fotografía de Gene Tierney, retocada para que pareciese un óleo. La fotografía también fue otro de los cambios esenciales, porque Preminger decidió que fuera Joseph LaShelle el que relevara a Lucien Ballard, el cual no aceptó al director vienés como el nuevo realizador de la cinta.
Laura es, sin duda, cine negro del mejor, pero también es la historia de una obsesión para un policía (MacPherson, papel interpretado, como ya dije, por Dana Andrews) quien investiga el caso de la muerte de Laura Hunt. Inolvidable es el momento, fotografiado con maestría por LaShelle, cuando McPherson se duerme ante el retrato de Laura, para despertar frente a la mismísima mujer que ha creído muerta desde el principio de la historia, pero muy viva por el retrato que preside la casa, por las conversaciones con algunos de los que la conocieron, lo que nos recuerda a Ciudadano Kane, ya que la cinta comienza con un recorrido por personas que pueden dar su visión de la mujer asesinada, como ocurrió en la cinta de Welles cuando un periodista se interesa por ese personaje apasionante que fue Kane. El juego de luces y sombras resulta magnífico, lo que dota a la cinta de un magnetismo muy brillante, una fascinación por la mujer que nos identifica plenamente con el investigador, ya enamorado de ella.
La ausencia de Laura es siempre un equívoco, porque no desaparece del cuadro, donde el policía la contempla en repetidas ocasiones, esa idea del cuadro como elemento vital emparenta a Preminger con la película de Fritz Lang, La mujer del cuadro (1944), cinta rodada el mismo año que Laura,  cuando Edward G. Robinson cree que esa mujer que mira en un óleo es real, lo que refuerza el mundo gótico al que pertenece esta magnífica cinta de cine negro, ya que en las novelas góticas los cuadros son esenciales para desentrañar aspectos primordiales de la trama. La música de David Raskin es perfecta para que sintamos la presencia de la mujer desde el principio, cuando Waldo, el elegante amigo de Laura, interpretado por un extraordinario Clifton Webb, cuenta en flashback las charlas con ella, engrandeciendo su figura. La voz en off de Waldo como introducción y narración del relato, nos invita a asistir a una historia cada vez más absorbente, donde nos identificamos con el policía enamorado, porque la mujer nos fascina desde el primer momento.
No sería justo dejar de mencionar los diálogos que contiene la película, de gran altura, como nos tiene acostumbrados el cine clásico, con respecto a la banalidad de muchas de las conversaciones de películas actuales, más ensalzados por los efectos especiales que por la ironía y la inteligencia de los diálogos, como sí ocurre en esta película de antología.
Nos fascina no solo Laura, la belleza de Gene Tierney, sino también la personalidad de Waldo, ya que él es el creador de la mujer, quien la enseñó a estar en el mundo, hombre obsesivo, frío, celoso, ególatra y soberbio, principal sospechoso de la muerte de una mujer, la cual no es Laura, aunque así lo creía todo el mundo al comienzo de la película. Shelby Carpenter (un muy acertado y notable Vincent Price, mucho más que un actor de cine de terror) es un vividor quien conoció a Laura, que también da su visión de los hechos. Pero McPherson, pese a ser un hombre algo hierático, algo soso, es el gran médium de nuestra historia, ya que, como policía, con su obsesión y su fascinación por la mujer, nos invita a que nos enamoremos de ella.
Y, por último, la mujer, la que se convierte en nuestro objeto de deseo, una persona fría, que sirve a la inteligencia de Waldo, para que este vaya perdiendo el control y ella pueda ser la vencedora de la historia, sabe que es la musa de un hombre que pide más a la vida, un escritor, Waldo, que puede llegar al crimen para conseguir sus deseos. Por ello, es la mujer fetiche, la hembra que se convierte en pulsión sexual (incluso necrófila) para McPherson, pero también, en objeto de museo para Waldo, quien es destruido por la criatura que ha creado, en un remake encubierto del mito de Frankenstein. Película de policías y de cine negro, pero mucho más, sin duda alguna, una cinta que mejora como el buen vino, una obra maestra indudable.

Chinatown: una obra maestra de Polanski

Con esta cinta, Polanski ingresa en el verdadero lugar de los maestros, después de haber hecho Repulsión y otras cintas olvidables.
Con Jack Nicholson como protagonista como J.J. Gites, la película logra introducirnos en el cine negro, nos envuelve con esa atmósfera de película donde la intriga y el suspense va in crescendo. Sin duda alguna, nos hallamos ante una cinta cuidada, esmerada, donde Faye Dunaway dota a su papel del misterio de la mujer fatal, en un papel que demuestra el gran talento de la actriz americana.
Chinatown logra que el cine negro vuelva a tener importancia en los años setenta, con esa fotografía cuidada, con esos planos que nos muestran los mil rostros de Nicholson, un actor expresivo y muy notable, que alcanzó sus mejores papeles en los años setenta.
La escena en que Polanski aparece, haciendo de malo que hiere a Nicholson, nos recuerda al cine de Hichtcock cuando el famoso director aparecía en sus propias películas, claro homenaje al maestro del suspense.
Chinatown es una película que va desvelando sus múltiples espejos, los de la mujer que juega con el hombre, los de una trama donde el gran John Huston hace de marido de Faye Dunaway en unas secuencias que no olvidaremos.

El largo adiós: el gran cine de Robert Altman

Con esta cinta Eliot Gould se consagró como actor, basada en la novela de Raymond Chandler, la película es una excelente adaptación de la gran novela de este genio de la narrativa policíaca.
El largo adiós nos atrapa con sus imágenes lentas, donde podemos ver la mirada absorta de un actor algo atolondrado, Gould, en una trama que le supera, un detective que carece del atractivo de galanes como Paul Newman (recordemos la notable Harper, investigador privado), pero que realiza aquí un papel que nos demuestra su talento para hacer de detective en una trama extraña que tiene múltiples madejas.
La mano de Robert Altman logra que la película nos vaya fascinando, nos atrape en un mundo obsesivo, donde nada es lo que parece, película de bella fotografía y donde la mirada de los actores transmiten buen cine en cada plano.

El cine negro: cine clásico inolvidable

 
Sin duda alguna, estas películas y otras muchas, como Scarface, Cayo largo, Tener y no tener, etc, han conformado lo mejor del cine negro.
Ahora que hemos perdido a Elmore Leonard, escritor de cine negro, se hace necesario recordar estas películas magistrales de Fritz Lang y de Preminger, verdaderos monumentos al mundo del cine policíaco, donde los personajes siempre esconden más sombras que luces, con mujeres de belleza perversa que utilizan a los hombres, poseídos por sus encantos.
El cine negro queda en nuestra retina, porque muchos grandes escritores posibilitaron, en los lejanos años cuarenta, que sus novelas o sus guiones, fuesen adaptados al cine, como James L Cain, Dashiel Hammet o Raymond Chandler, entre otros.
Si tuviese que quedarme con una escena, me quedaría con la mirada de Dana Andrews, enamorado de Laura, la bella Gene Tierney, verdadero cine, una obra maestra indiscutible, donde podemos sentir el peso de la fascinación que representa el buen cine negro. Luego llegarán El crepúsculo de los dioses, Perdición, Chinatown, El largo adiós y tantas obras, películas siempre magistrales, por tratarse de obras hechas con el talento de los grandes.

Pedro García Cueto
Deseos humanos
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La mujer del cuadro
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Laura
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