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1984, soñar un cielo en un mundo opresivo

 


Reino Unido, 1984
Dirección: Michael Radford
Guión: Michael Radford sobre la novela homónima de George Orwell
Reparto: John Hurt, Richard Burton, Suzanna Hamilton, Cyril Cusack, James Walker
Duración : 113 minutos

Nota Cinecritic
Muy Buena
 
Leer a Orwell sigue resultando necesario, para envolvernos en la presencia de metáforas que se convierten en realidades, tan apabullantes como las dictaduras que asolaron nuestro mundo en el siglo XX. La película de Michael Radford, rodada en 1984, con John Hurt y Richard Burton logra trasmitir la fuerza de la novela, volver a soñar con un cielo en un mundo opresivo, donde la dictadura del pensamiento invade todas las mentes.
1984 es el futuro, pensó Orwell y en parte tenía razón, porque nunca habíamos estado tan sujetos al control policial, tecnológico, laboral, etc, como ahora. Lo cierto es que Internet suscita multitud de dudas, ¿es un medio para comunicarse plenamente por la RED o fue creado para que el control del ser humano fuera mayor? ¿Nos invita a entrar sin miedos en los medios sociales o debemos ser precavidos porque la maldad del ser humano puede hacernos vulnerables y entrar de lleno en nuestra intimidad? Por ello, la novela de Orwell y la película de Michael Radford (con John Hurt como magnífico protagonista) es tan actual, el caso de Wikileaks demuestra cómo se puede vender la información para que llegue a todos, cómo se nos cuenta lo que ellos quieren, cómo somos observados por el Gran Hermano (mucho más lejos y con mucho más miedo que el estúpido programa de televisión del mismo nombre) donde todos podemos entrar en la dinámica del control, las llamadas de las compañías de móviles que nos ofrecen oportunidades sin que les hayamos dado nuestro teléfono, los bancos que nos esquilman con tarifas abusivas por mantener la cuenta, las hipotecas salvajes, a treinta años, que algunos pagamos a duras penas con sueldos bajos, otros ni siquiera pueden hacerlo y les quitan sus casas. Yendo a la novela de Orwell y a la película de Michael Radford (rodada curiosamente en 1984), Winston es uno de nosotros, un ser que no puede pensar por sí mismo sin que el sistema lo vea, el Gran Hermano contemple sus actos, pueda llevarle a la cárcel, ¿no se parece al poder omnímodo de la televisión basura que se mete en los hogares de muchos analfabetos funcionales para exprimir aún más sus mentes?
La voz que aparece en la casa de Winston es la de la televisión que nos inunda por doquier en nuestros tiempos, con telediarios manipulados por el poder o por sus antagonistas. Se trataba de la telepantalla, un instrumento que no podía ser desconectado del todo, ¿no se parece a la cotidiana imagen de muchos jóvenes absortos en sus móviles o en su música en los trenes de la ciudad? ¿no es acaso un nuevo instrumento de aislamiento y de incomunicación?
Los carteles del líder se ven en todas las calles, porque el poder siempre nos mira, nos observa, nos escruta:

"La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de esos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a Winston" (p. 8)

Los carteles, la telepantalla, todo medios de poder que Orwell ya intuyó, refiriéndose seguro al avance imparable de las dictaduras comunistas o fascistas, pero que, sin duda, están detrás de nuestras impecables democracias.
Todo lo que representa la cultura debe desaparecer de ese mundo, por ello, Winston esconde con cuidado un libro, Orwell nos dice lo siguiente sobre el mismo:

"Era un libro excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta años que no se fabricaba" (p. 12).

Sin duda alguna, nos recuerda a la imagen que Ray Bradbury dejo en su famosa novela Farenheit donde los bomberos (metáfora del  poder dictatorial) quemaban libros y la gente los aprendía de memoria, para no perder lo poco que quedaba de un mundo libre, la censura de nuestro siglo XX, el franquismo o el totalitarismo estaliniano o hitleriano, entre otros, fue un claro ejemplo de ello.  También el sexo es tabú en la novela de Orwell y en la película basada en esta portentosa obra, porque Winston se encuentra a una chica de la Liga Anti-Sex, una mujer aséptica que parece que quiere demostrar que la pureza es la clave de la vida, ¿No es acaso lo que nos ha transmitido la religión durante siglos para restringir nuestro derecho a la libertad sexual, a elegir con quién queremos estar?
El primero nos emociona, nos demuestra lo bien que escribía Orwell: "Julia se levantó, se puso el "mono" e hizo el café. El aroma resultaba tan delicioso y fuerte que tuvieron que cerrar la ventana para no alarmar a la vecindad. Pero mejor aún que el café era la calidad que le daba el azúcar, una finura sedosa que Winston casi había olvidado después de tanto años de sacarina" (p. 161).
Como podemos ver, el gusto por lo verdadero, no por el sucedáneo, era necesario para recuperar los sentidos como la presencia cálida y prohibida de Julia entre los brazos de Winston, recuperando el cielo en un mundo infernal. Por otro lado, la semana de Odio y su presencia en las mentes de los ciudadanos, la ebriedad del atontamiento de la masa, para seguir manteniendo el poder, tan parecido a nuestros felices sistemas democráticos, donde nos esquilman, nos engañan y nos muestran el soma (recordando a Huxley y su novela Un mundo feliz) de la eterna y falsa felicidad, consumo, televisión, religión, etc:

"La nueva canción que había de ser el tema de la Semana del Odio (se llamaba la Canción del Odio) había sido ya compuesta y era repetida incansablemente por las telepantallas. Tenía un ritmo salvaje, de ladridos y no podía llamarse con exactitud música. Más bien era como el redoble del tambor. Centenares de voces rugían con aquellos sones que se mezclaban con el chas-chas de sus renqueantes pies. Era aterrador" (p. 165).

Un mundo aterrador, sin duda, donde la vida estaba controlada por el Gran Hermano y la felicidad de pensar por uno mismo era un lujo que no podía permitirse, por ello, la necesidad de crítica, de respuesta a los abusos de nuestro tiempo  son tan reales como el mundo de Orwell en esta magnífica novela (como el gran Kafka supo ver en sus obras maestras como El proceso o La metamorfosis), sin nuestro esfuerzo por no  dejar de pensar el mundo de la seudocultura atroz (manipulación de los medios y de los poderes fácticos de un pueblo adocenado en gran parte) que nos rodea nos ganará la partida para siempre. Con el ejemplo de la novela de Orwell y la película de Radford (que logra acercarnos al lenguaje brillante del escritor) y las desdichas de Winston y Julia podemos quedarnos para hacer un mundo mejor, libre y verdadero, donde el sabor del azúcar sustituya al de la sacarina, soñar un cielo en un mundo opresivo.

Pedro García Cueto
1984
1984
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