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El Inocente, testamento fílmico de Luchino Visconti (à traduire)


 
   
A lo largo de la historia del cine, ha habido muchos inocentes, desde aquellos que eran explotados por el señorito y el antiguo caciquismo en la adaptación de la famosa novela de Miguel Delibes que realizó Mario Camus en 1984, Los santos inocentes, con un reparto de lujo, Landa, Rabal, Terele Pávez o Juan Diego, entre otros, hasta los niños inocentes, solo en apariencia, de la película de Jack Clayton de 1961, con Deborah Kerr (la primera que encarnó el papel de institutriz, luego lo haría Nicole Kidman, en la película de Amenábar, Los otros (1961), como todos recordáis), basada en la novela de Henry James, Otra vuelta de tuerca. Curiosamente, el título original de la película de Clayton era The Innocents, aunque aquí se tituló, Suspense. Ha habido tantos inocentes en la historia del cine que ahora me viene a la memoria la sonrisa de James Stewart, al final de Qué bello es vivir (1946) de Frank Capra, la historia de un hombre bondadoso que está a punto de perderlo todo.
Pero he elegido una película que me gustó especialmente y que representa el testamento fílmico de Luchino Visconti, me refiero a El inocente (1976), su última película. Si el cine del magistral director italiano es todo un homenaje a un tiempo que se acaba, a una forma de vida que se marcha para siempre, recordemos la mirada del príncipe de Salina (genial Burt Lancaster) en El gatopardo (1963), entre otras grandes cintas de Visconti, en esta película, la recreación detallada y minuciosa de otra época es absolutamente impecable (en la línea de Senso (1954) o Muerte en Venecia (1971), dos de mis películas favoritas del director italiano, junto a la que comento y El gatopardo).
La historia nos cuenta la vida de una pareja, Tullio Hermil (Giancarlo Giannini, magistral), y su esposa, Giuliana (Laura Antonelli, una de las actrices más sensuales del cine italiano de los años setenta), ambos llevan una vida licenciosa, sobre todo, Tullio, quien  mantiene relaciones con la condesa Teresa Raffo (la olvidada Jennifer O´Neill, aquí inolvidable en su porte elegante), una joven y atractiva viuda que es amante de Tullio, tanto es así que el director nos ofrece repetidas imágenes de los dos en el lecho, hablando, como si Teresa fuese también la confesora de un hombre atormentado e insatisfecho como Tullio. Éste hace partícipe de sus intenciones a su mujer, manifestado que ya no la ama, aunque siente por ella cariño y estima. El mismo  día en que la pareja adúltera inicia el viaje, llega el hermano de Tullio, Federico, con permiso de la academia militar. Aquel pide a éste que cuide de su esposa en su ausencia, pero Giuliana, conoce, gracias a Federico, al escritor Filippo d´Arborio (Marc Porel), con el que inicia una relación, hasta el punto de quedarse embarazada de él. Tullio se siente más atraído por su esposa a la vuelta de Venecia al ver que la corteja Filippo, pero desconoce el grado de confianza al que han llegado. Cuando conoce el embarazo de su mujer y sabe que ese hijo no es suyo, le pide que se deshaga de él, pero Giuliana no quiere. En una ocasión, en vísperas de Navidad, Tullio le pide a la nodriza que quiere estar con el niño, Giuliana ha salido, la mujer le da permiso y Tullio, enfermo y obsesionado con ese hijo, fruto del adulterio de su mujer, le pone a la intemperie, muriendo poco después. Al final, Tullio, atormentado por la culpa, se suicida en presencia de su amante, Teresa Raffo.
La polémica llegó para Visconti por adaptar la historia de un escritor de pasado maldito (basada en una novela de D´Annunzio, un escritor decadentista, muy querido por el fascismo italiano por las simpatías que aquel tuvo por la ideología fascista), lo que llevó al director a justificar su película alabando la prosa del escritor pero repudiando la ideología que sostuvo en sus escritos críticos. Pero Visconti, como en otras de sus películas, buscaba la idea del inocente, alguien que no estuviera mancillado por la culpa, ya que los personajes adultos usaban la doble moral, la hipocresía en sus acciones. Por ello, el inocente es el niño, fruto de la culpa, un ser que es condenado nada más nacer por un hombre atormentado, que lo tiene todo, pero no tiene nada. Recordemos que en Muerte en Venecia (basada en la gran novela de Mann, La muerte en Venecia), el personaje del inocente es Tadzio, un joven polaco, del que se enamora Ashenbach, el ilustre compositor (novelista en la obra de Mann), pero la inocencia es falsa, porque este personaje conduce al músico a un camino fatal, que acaba en la muerte. El poder metafórico de este inocente nada tiene que ver con el niño que tiene Giulana, pero ambos son el resultado de una culpa, la de la infidelidad de Giuliana, consecuencia de los adulterios de Tullio y el de Muerte en Venecia de la culpa de un hombre que no puede reconocer la dimensión de una pasión homosexual.
La atracción de Visconti por D´Annunzio viene con la presencia continua de escenarios lujosos, ya que El inocente es una de las películas más barrocas y ornamentales del director italiano. La presencia continua de cortinas, alfombras, mármoles y dorados, ahogan a veces la película, pero su función es la de presentar un mundo ocioso y decadente: la suntuosidad de las habitaciones de Teresa Raffo, los trajes negros de los protagonistas en la muerte del niño, los sombreros y los velos opacos de Giuliana con los que cubre el rostro son, como detalle curioso, una clara inspiración de los que usaba la amante de D´Annunzio, Eleonora Duse. Son también metáfora de una mujer que se esconde por fuera, como muchas mujeres de la antigua Italia, donde el hombre, su machismo, pesa sobre ellas, educadas para ser madres o esposas.
La película tiene dos espacios bien diferenciados, la sala de esgrima donde Tullio practica el deporte con sus posibles rivales amorosos, demostrando su alto sentido del machismo, y la alcoba, vemos escenas donde charla con su amante, parece más una confidente que una persona a la que ama, pero también vemos al Don Juan romano buscando sexualmente a su mujer, la inolvidable Laura Antonelli, la cual demuestra su enorme potencial sensual en esta y otras películas de la época, pero con la mirada de Visconti, la sensualidad de la actriz siempre es vista con decoro y con clasicismo, lo que no ocurrió en otras películas de esta olvidada actriz italiana.
Una escena muy interesante es la que ocurre en la ducha, después del esgrima, cuando contempla al hombre que ha estado con su mujer, donde Tullio admira a su oponente y lo imagina en los brazos de su mujer, también el cuerpo de Giuliana, en la inolvidable escena de Villa Lila, cuando él le reprocha a ella que nunca ha sido su amante, porque nunca se ha ofrecido a él en cuerpo y alma. Vemos el cuerpo, de nuevo, de la Antonelli y sabemos que nadie ha traspasado el umbral del amor, que es un cuerpo al que nadie ha accedido en su plenitud, ni Tullio, ni Filippo.
Visconti fue rodando la película, ya enfermo, mientras muchos admiradores se acercaban a rendirle pleitesía, porque el maestro representaba la historia del cine italiano, ya que todo su cine abarca un tiempo ido, la recreación de todo un mundo fastuoso que se ha ido para siempre. La imagen del inocente, el niño recién nacido, expuesto en la ventana, al frío de diciembre, nos sobrecoge, porque vemos en la mirada de Tullio a un hombre atormentado, insatisfecho, que lo ha tenido todo, pero no ha disfrutado de nada, ni de las mujeres ni de la riqueza de su posición.
La muerte de Tullio es la de un testamento cinematográfico que pesa en nuestra mirada, la última de un corolario de muertes escénicas  (ya que el cine de Visconti siempre fue muy teatral), donde nos llega las imágenes del gran Dirk Bogarde (Ashenbach en Muerte en Venecia), la de Frank Mahler, en la inolvidable Ludwig (1972), otro fresco portentoso, el príncipe de Salina en El gatopardo o la del profesor en Confidencias (1974), otra película de gran hondura del último Visconti.
La música de Chopin, de Mozart o Litsz acompañan esta película, donde Visconti filma la culpa de un hombre atormentado por la vida, un hombre que vierte en un inocente, un recién nacido, todo su desprecio por su condición humana. Por ello, el crimen es mayor, no podemos exculpar a Tullio (Giannini en un estupendo trabajo), porque ha cometido el mayor de los pecados, matar a un inocente, es un nuevo Herodes en este testamento maravilloso de un director inolvidable, el gran Visconti.

Pedro García Cueto

 

El Inocente


 

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