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Jules et Jim: la felicidad de la Nouvelle Vague (à traduire)


   
La felicidad es el estado mejor en que puede encontrarse un ser humano, esa sensación de placer ante las cosas, como si nada interrumpiese las ganas de reír, de divertirse. Haciendo memoria de las películas en donde la felicidad ha irrumpido en la pantalla, no quiero dejar de mencionar los paseos por Roma de una hermosa Audrey Hepburn con su galán, el siempre correcto y notable actor Gregory Peck, el cual desconoce que se halla ante una princesa, en la hermosa Vacaciones en Roma, dirigida por William Wyler en 1953,  pero aún conservo en la memoria la felicidad inicial de los personajes de El cazador (1978), la gran película de Michael Cimino sobre el Vietnam y sus secuelas psíquicas y físicas en unos personajes inolvidables. Felices eran los niños de uno de los musicales más recordados de la historia del cine, Sonrisas y lágrimas (1965), dirigida por Robert Wise, cuando Julie Andrews les llevaba por las montañas  y por las calles de la ciudad, todos dichosos y pletóricos al ritmo de canciones antológicas.
Pero hay una película que demuestra una mirada a la felicidad de dos hombres y una mujer que entienden su historia de amor con toda la libertad y la independencia que muestra Francois Truffaut en esta bella historia que, sin embargo, no tiene final feliz, me refiero a la inolvidable Jules et Jim (1961). Quizá sea porque se ha gozado tanto con la alegría que inunda al trío formado por Oskar Werner, Jeanne Moreau y Henri Serre, que no podía durar la dicha eternamente. Fue el triunfo de la Nouvelle Vague y esta película nos ofrece un canto a la dicha de vivir, con su reverso siempre, pero el optimismo cala en la pantalla, hay una forma de ver la vida que se convierte en gran ejemplo para todos.
La historia comienza en París en 1907, cuando Jules conoce a Jim, este último le pide que le facilite la entrada en los Quat-z´ Arts, antes de ir al baile, ambos demuestran ya su espíritu jovial, disfrazando de varios personajes. La amistad de ambos va cimentándose, conocen a Catherine (Jeanne Moreau), una mujer luminosa, apasionada, que parece mirar todo como si fuera por primera vez. Nos recuerda, sin duda alguna, a los buenos lectores de Cortázar, a la Maga, la protagonista de Rayuela, la mujer independiente y libre, de la que se enamora Oliveira. En este caso, es Jules (Oskar Werner, un actor que volvería a coincidir con Truffaut en la muy interesante Fahrenheit 451 (1966), en la que interpretada a un bombero que se resistía a quemar los libros en ese mundo dictatorial que buscaba anular a la inteligencia), se casa con ella. Tras el final de la Primera Guerra Mundial, Jim (Henri Serre) les visita, ambos viven con la hija que han tenido, Sabine. Jim vuelve a mantener relaciones con Catherine porque sigue amándola, Jules lo sabe, pero no quiere renunciar ni a su mujer ni a su amigo. El trío amoroso sigue feliz, demostrando que no les importa nada lo que otros piensen. Catherine quiere un hijo con Jim, pero lo pierde. Ella no soportará la infidelidad de Jim que quiere casarse, como si ya no amase de igual modo a Catherine, con Gilberte, su vieja amante. Catherine decide estrellar su coche en un paseo que dan Jim y ella, ambos mueren y son incinerados. Jules cuida de las cenizas de ambos, porque quiso tanto a su amigo como a su mujer.
La historia derrocha una alegría diferente a otras películas de Truffaut, porque el encantamiento reside en la relación triangular, en la forma de quererse, fuera de convenciones, en la libertad en la que viven su vida. La novela de Henri- Pierre Roché es la base de la película, el director francés la descubrió en una librería de ocasión situada en la plaza de Palais-Royal de París. La novela fue escrita por Roché a la edad de setenta y seis años, siendo la primera obra de su autor. El estilo conciso y directo de la novela le interesó a Truffaut, también el poso autobiográfico que hay en ella.
La película ahonda en la felicidad que viven los personajes, en la ausencia de culpa que tienen ante la infidelidad de unos sobre otros. La relación atípica de la historia rompía los esquemas morales de la sociedad del momento. El personaje de Jeanne Moreau es fascinante, porque integra la mirada de una mujer compleja que vive, sin embargo, el amor de una forma libre y sin tapujos, una mujer moderna para la época en que transcurre la historia e, incluso, para los años en que se rodó la película. La verdadera Catherine existía, se llamaba Helen Hessel y se sintió entusiasmada por el retrato que hizo el director francés de ella y de la historia con sus dos amantes amigos.
La película goza de un lirismo que, para algunos, ha envejecido mal, pero que, en mi opinión, sigue ofreciendo destellos de luz, de un aire moderno que nada tiene que ver con las críticas a la película. Hay muchos planos maestros, el uso de cámaras grúas, de los planos aéreos, del travelling. La depuración de la escritura fílmica nos ofrece una obra maestra que derrocha la alegría de tres seres que viven la realidad de otra manera, como si todo fuese un juego, sus correrías por la ciudad, su obsesión por los cambios de vestuario y las memorables escenas que ofrece esta película se quedan en nuestra memoria para siempre: la importancia del espejo en el que se reflejan Catherine y Jim, como si la vida fuese un sueño, como si la existencia de ambos estuviese envuelta en la irrealidad de las imágenes oníricas de Truffaut. También la idea de la mujer como estatua, un claro homenaje a la belleza, porque el clasicismo de Jeanne Moreau dota al personaje de esa luz que nos ofrecen las figuras esculpidas, la escena de Jim esperando a Catherine en un café, sin que ella acuda a la cita, nos recuerda a esas películas americanas, como ejemplo la maravillosa El apartamento de Billy Wilder, donde Lemmon espera a Shirley McLaine, sin que ella acuda a la invitación que aquel le hacía para ver un musical. Hay ese aire triste que toda historia de amor contiene, pero también un derroche de alegría, la que vivió el director, en su plenitud creativa, cuando se rodó la película.
La película está llena de ese fetichismo de los objetos, tan habitual en el cine de Truffaut (recordemos la cantidad de libros que aparecían quemados en Fahrenheit 451 (1966), pero también los carteles de cine que aparecen de películas en la inolvidable La noche americana (1973)), aquí el reloj de arena  o el retrato de Jules  como Mozart o las cartas que es necesario quemar porque acumulan mentiras (en el cine de Truffaut siempre ha habido una referencia continua a la palabra, a su poder hipnótico cuando los personajes leen las cartas que se envían). Me gusta especialmente la presencia de Marie Dubois, la cual imita el sonido de una locomotora con la boca, mientras fuma un cigarrillo. Todos los personajes viven su libertad, su deseo de ser lo que quieren ser sin que nadie les recrimine por su ausencia de moral.
La acogida de la película fue muy positiva, siendo celebrada por el mismo Jean Cocteau, también les interesó la película a cineastas tan interesantes como John Cassavettes o Arthur Penn, ambos directores de un cine independiente (más en el caso de Cassavettes) que dejará huella en la cinematografía americana actual (como Jim Jarmusch o los hermanos Cohen, por ejemplo).
La censura sí estuvo presente en algunos países, como en Italia, donde la cinta fue considerada inmoral por la relación a tres bandas que plantea, gracias a una campaña que lideró Dino de Laurentiis, junto a Roberto Rossellini, entre otros, ayudó a que la película se estrenase en septiembre de 1962.
Nos queda la mirada de Truffaut, la felicidad que transmiten los tres personajes, la belleza de Jeanne Moreau (con gorra y con bigote al estilo muchacho), las imágenes de París, las correrías de los tres por la ciudad, los cafés, la lluvia, la forma dichosa de entender la vida, como si cada día fuera el último. Enmarcada en la Nouvelle Vague, la película no ha envejecido, sino que nos regala el mejor Truffaut, el que siempre me emociona en películas como La noche americana, La sirena del Mississippi (1969), La mujer de al lado (1981) y una de mis favoritas, Los cuatrocientos golpes (1959), donde la infancia, sus sinsabores y sus alegrías cobran toda relevancia, hasta hacernos reír y llorar al mismo tiempo. Un gran maestro y una gran película, sin final feliz, pero rica en momentos de dicha, donde el amor entre tres personas no es motivo de culpa, sino de admiración. Toda una demostración de buen cine, una obra maestra de Truffaut y de la Nouvelle Vague.

Pedro García Cueto
Jules et Jim
Jules et Jim
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