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Septembre - Octobre 2021


Margin Call (à traduire)


Estados Unidos, 2011
Dirección  y guión: J.C.  Chandor
Reparto: Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore, Zachary Quinto, Simon Baker, Penn Badgley  y Stanley Tucci.
Duración: 107 minutos

Nota Cinecritic
Buena
 
Nominada para el Oscar,  Margin Call  es un "thriller" financiero que pretende poner en la picota la corrupción que reina en ciertas empresas de capital- riesgo.  Para seguir los acontecimientos,  el espectador debería poseer a priori alguna noción sobre lo que se entiende por "margin call", que puede definirse como aquello que controla el margen existente entre la cantidad de capital expuesto y la cantidad de dinero obtenida por medio de créditos para financiar las operaciones proyectadas.  Cuando se pasa el límite, automáticamente, hay una "llamada de margen" que cerraría la posibilidad de seguir operando.  En la película, los directivos de una organización llamada HMS  van a tratar de vender sus títulos-valores (worth-securities) -que ya no valen nada-, antes de que el colapso se haga público, no importándoles el daño que van a causar a los compradores y a la economía en general. Como dice John Tuld , el director ejecutivo (CEO) encarnado por Jeremy Irons, tres actitudes pueden tomarse en su negocio: ser primeros, obrar con inteligencia o engañar. Él decide elegir la primera (que no excluye en verdad  las otras dos). El film, que muestra las reacciones de los distintos empleados de la escala jerárquica frente a la comprobación de la inminente bancarrota de la empresa, se inicia con la irrupción en las oficinas de los encargados de despedir a un número no reducido de personal, entre ellos, al jefe de departamento de riesgo Eric Dale (Stanley Tucci), a quien se le comunica, con saña disfrazada de benevolencia que debe abandonar de inmediato el lugar.  En esta escena, quizás la mejor de la película, la cámara, en sus cambios rápidos de un plano a otro intensifica la tensión y logra captar sutilmente la violencia de  una expulsión "políticamente correcta". 
Desde ahí en adelante crece la alarma de los "sobrevivientes" respecto de los próximos recortes. Se  vivirá dentro de una atmósfera artificial de camaradería, en la que casi todos anhelarán salvar su propio pellejo. Cuando un alto ejecutivo Sam Rogers (Kevin Spacey)   entra al enorme piso de trabajo (colmado de computadoras y empleados)  para dar cuenta oficialmente de la "razzia" efectuada,  es recibido con una salva de aplausos que él mismo induce a tributar, como si se tratara de una ceremonia benigna. Se va a retirar con idéntica salva. El aplauso cumple además una función semejante a  la de hacer la venia al superior en el ejército.   Un régimen militar encubierto reina en ese mundo de expertos analistas que cumplen, aparentemente sin reconocerlo, el papel de esclavos bien vestidos, retenidos por una paga estimulante pero siempre incierta, a la que no se animarán  a renunciar.
J.C. Chandor, el realizador (éste es su primer largo metraje), impone a sus actores un modelo de interpretación  que no se aparta  demasiado de un formato casi corriente en películas  y series de televisión del tipo "Law & Order", lo que implica la adopción de  gestos similares,  tonos de voz y vocabulario, silencios asertivos. Los personajes, aun en su diversidad, tienen que" hacer semblante", mostrar una manera de ser que no es la suya, en su afán y obligación de proyectar, ante los demás, imágenes de una seguridad  y de una imperturbabilidad, de las que en verdad carecen. En casi todas las escenas de conjunto, como también en las de una sola figura, las expresiones del rostro - espejo poco confiable de los miembros de estas organizaciones - es el instrumento prioritario de transmisión de información, salvo en el caso de la primera aparición del alto ejecutivo Jared Cohen (Simon Baker), del que se enfoca primero sus manos entrelazadas y su reloj pulsera. "El hacer semblante" se manifiesta especialmente a través de gestos convencionales (las procesiones van por dentro), miradas cínicas o recelosas o ademanes de solidaridad, enseguida neutralizados por los de impotencia. Si algún personaje no puede reprimir el llanto, se encierra en una cabina del baño. Los sucesos de la historia se tornan previsibles y las sorpresas son escasas. Las tomas de conciencia, si las hay, no conducen a una acción consecuente. Después de su  supuesto o aplazado intento de suicidio en la terraza del rascacielos de la compañía, Will Emerson (Paul Bettany) dice a los jóvenes que lo acompañan: "La sensación que tiene la gente al pararse así al borde no es el temor de caer, es el temor de saltar". El "salto" implicaría en el mundo configurado la posibilidad de alternativa y de cambio. Posibilidad que varios personajes, por diversas razones, consideran inaplicable. La compañía es para ellos el trampolín  para adquirir rápidamente  dinero y poder, pero simultáneamente una prisión o un cuartel de civiles obedientes. Los que ganan millones, por ejemplo, Will, los gastan en comprarse una casa, un auto, mantener a los padres y en   "entretenimiento" sin olvidarse nunca de calcular los costos: "gasté $76.520 en prostitutas, alcohol y bailarinas." En estos hipnotizados por el dinero, todo se sujeta a cálculo.  Seth Bregman (Penn Badgley), el analista nuevo en la firma,  observando a las mujeres desnudas o semidesnudas que sirven o se exhiben en un bar, se pregunta cuánto pueden ellas ganar por noche. Dale, el primer jefe que es despedido, revela a Will que de joven, siendo ingeniero de puentes, había construido uno que había ahorrado tiempo, dinero, kilómetros y vida desperdiciada en viajes largos, y  le da a su interlocutor las cifras de los beneficios con una exactitud  obsesiva que linda con la alienación. Sam, el alto ejecutivo, que ama a su perra enferma  más que a nadie, no deja de señalar que ha gastado hasta 1000 dólares por día para trata de prolongarle la vida. El afán por conseguir, o no perder, dinero y poder no respeta fronteras. John, el alto ejecutivo, justifica su falta de escrúpulos  y las maniobras de la empresa,  aduciendo que las grandes crisis  económicas son cíclicas e inevitables y hay que saber aprovecharlas; en su caso: ganar con la venta tramposa de las pérdidas. Él mismo sostiene que esta crisis: "es la más grande y maloliente  bolsa de excremento jamás juntada en la historia del capitalismo", (se está aludiendo a la crisis internacional resultante de las especulaciones criminales de ciertos bancos inversores de Wall Street, en 2008). El dinero y el tiempo de ganarlo o perderlo son los que dirigen las acciones. Los sucesos ocurren durante unas 36 horas, especialmente de noche, y en ciertos momentos aparecen en las imágenes el registro de algunas horas claves. El dinero, que en otros películas es visto y oído (contante y sonante), es en ésta una entidad abstracta, una presencia invisible,  todopoderosa como un dios, al que John describe cínicamente como simplemente trozos de papel con dibujos, inventados para que no sea necesario matarse unos a otros para conseguir comida.
La película, que abunda en diálogos y en silencios que pretenden recalcar el valor de lo que se ha dicho, deja pocos vacíos para ser rellenados por el espectador. Hay sí, algunos silencios menos manipulativos, como el de la ejecutiva  Sarah Robertson (Demi Moore), después de recibir la comunicación   de su inesperado despido. También, aunque de otra naturaleza, es  muy significativo el silencio  del personal de servicio, que está presente en unas pocas escenas, en las cuales los personajes principales no parecen notar siquiera que existen (el hombre apenas visible que pasa la aspiradora en la semioscuridad de la gran oficina; la mujer, en el ascensor, con el carrito repleto de elementos de limpieza). Ninguno de ellos pronuncia palabra. Son una representación muda   de las verdaderas víctimas de una catástrofe que no sólo afectará a la economía local. Viajando en un automóvil y observando a los transeúntes,  Peter Sullivan (Zachary Quinto), el analista que descubre los datos cruciales, le dice a Seth: "Mira esta gente. Deambulan sin tener idea de lo que está por suceder". Porque queda claro que en este juego sucio, los que van a pagar las más graves consecuencias no son justamente los jugadores.
La cámara se mueve discretamente, como evitando ser notada, salvo, por ejemplo, en su recorrido por la enorme oficina desierta, apenas iluminada, hasta llegar al sillón donde Sam despierta bruscamente de su sueño. La mayor parte de la película transcurre dentro del edificio de la compañía, a excepción de breves escenas en dos bares, en la escalinata de entrada a la casa de Dale y en el jardín fronterizo de la casa de la  ex esposa de Sam, al final de la película, como si las casas familiares, el hogar, fueran pura fachada.
La música acentúa los momentos dramáticos, como es frecuente en este tipo de cine enfático, en el que la música de fondo es casi infaltable, como si se desconfiara de la capacidad de los espectadores de percibir el sentido de lo que están observando y se requirieran varios medios de distinta índole (lengua, música, gesto, vestuario), para clarificar un mensaje que no es especialmente difícil de descifrar. Si la película describe, con cierta distancia irónica, el mundo corrupto de las finanzas, su atención demasiado comprensiva de las debilidades y racionalizaciones de los personajes atenúa su mensaje crítico. Will, quien en algunos momentos es vocero del autor implícito, afirma que  no sólo los especuladores, sino que también sus víctimas, son promotores del desastre, debido a un ansia de  lucro que sólo puede estar al alcance de una minoría. Las grandes crisis serían  resultado de una viciosa condición de la humanidad en general. Parece quedar de lado o olvidado, que las infracciones de los bancos de Wall Street no condujeron a acabar con el sistema que las permitió, a pesar de que empobrecieron a millones de personas en el mundo que no tenían, ni tienen, idea de lo que se maquina en la  azarosa calle de Nueva York y en sus filiales.

Adam Gai
Margin Call
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