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Septembre - Octobre 2021


En tiempos de tinta: blanco (à traduire)


   
El motor del proyector ronronea y tiembla mientras coloco la cinta. Es una grabación de super8 y debo andar con cuidado mientras manipulo las piezas, hace tiempo que ya no venden recambios de este modelo. Los tiempos están cambiando, decía Dylan. Giro la palanca y una luz ilumina la pared. Comienzan a aparecer imágenes.
A pesar de que la historia del periodismo resulte extensa y complicada de analizar, existe un punto de inflexión que muchos consideran el comienzo de la prensa tal y como la conocemos hoy en día. Bucher(1) describe con exactitud este cambio. Los periódicos pasaron de ser meros lugares de publicación de noticias a ser también portadores y guías de de la opinión pública, medios de lucha de la política partidista. (…) Pero para el editor esto significaba que pasaba de ser un vendedor de noticias frescas a un comerciante de la opinión pública.
Desde entonces, los periódicos han sido capaces de generar opiniones, adoctrinar ideologías e influir en determinadas conductas. Y al igual que un cirujano es dios de su quirófano, los editores se convirtieron en divinidades de la llamada cultura de masas.
Fueron muchos los intelectuales que criticaron la influencia que ejercían mecanismos de poder como éstos sobre la sociedad. Las melodías sonaban a través de la tele, la radio y el papel, y miles de personas seguían aquel canto de sirena, obnubilados por una línea musical clara, atrayente. Es por eso que autores como Hoggart, Williams o Thompson definieran los llamados círculos de dominación, entre los que se encontraba la mayoría de la prensa. En el ámbito que se refiere al capitalismo, por ejemplo, observaron cómo la clase trabajadora- que formaba la audiencia mayoritaria de los medios de comunicación- asumía el sistema dominante gracias al espejismo que le creaba la satisfacción consumista de las falsas necesidades.
Sin embargo, estas líneas no tratan de la ética del buen periodista o el buen editor. Mientras veo las imágenes en super8, reflexiono sobre una pregunta más específica. ¿Es lícito el trabajo de crítico cinematográfico en la prensa diaria? O quizá mejor, ¿cuál debería ser la función de un crítico de cine en un periódico?
Las reseñas que puedan aparecer en cualquier diario no son ninguna crítica académica, no implican un estudio detallado sobre la industria cinematográfica y tampoco son un ensayo o una crónica de una revista especializada. Se trata de acotaciones en periódicos con tirada diaria, suelen ser pequeñas y resumidas, pero también capaces de influir- como aseguraba Bucher- en la percepción de sus lectores y cambiar su conducta. Balas de tinta introducidas en el tambor de la imprenta y disparadas a quemarropa. Observando el efecto que provocan, la pregunta de cuál es la función de la crítica cinematográfica periodística es cuanto menos aceptable.
Con tal de arrojar algo de luz al interrogante, conviene aclarar que un lector de periódico no es el mismo que el de una revista o un ensayo especializado. Aquel que acude al texto de un experto espera una opinión parcial, una visión personal, trabajada y matizada que le invite a reflexionar. Está dispuesto a que un autor, crítico o no, le aborde, se abra paso hasta su cabeza y deje todas sus neuronas patas arriba. Y en cierta medida el embate es justo. No obstante, en el caso específico de la prensa, el lector no es el mismo, y por lo tanto, la función no debería ser semejante.
Distinguir esta variedad de público es sencillo. El primero acudirá al artículo con una pregunta clara en mente:

-¿Qué pueden contarme sobre ésta película?

La cuestión del segundo será más vaga, no tan específica. Se me ocurren dos versiones:

-¿Qué películas hay en la cartelera?
-¿Qué vemos este viernes?


Jürgen Habermas mantenía una postura firme cuando se refería a la manipulación por parte de la prensa y de la función publicitaria periodística (con fines tanto políticos como propagandísticos). "Aun en el caso hipotético de que unas limitaciones muy estrictas de la manipulación facilitaran el que el procedimiento aclamativo, en el marco de la publicidad periódicamente organizada, garantizara completamente una predisposición del Gobierno a corresponder a los deseos de la opinión pública, aun en ese caso no se cumplirían las condiciones necesarias para una formación democrática de la opinión y la voluntad"(2). Es verdad que cuando uno lee el periódico se rodea de cifras alarmantes, accidentes, desgracias y catástrofes mundiales, aparecen los escándalos en luces de tinta, y hay muertes, hay asesinatos y hay robos. Para alcanzar las páginas dedicadas al séptimo arte, uno debe cruzar todos esos cenagales emocionales, y al fin, llegar. ¿Que una sección como ésta pueda parecer- en un principio- un lugar ajeno a las maldades del mundo? Tal vez. Sin embargo, estos últimos años, aquellos que se hacen llamar críticos de cine han generado una auténtica guerra, un conflicto digno de las páginas de política internacional. Repito, son tiempos de Guerra en la sección de Cine. Y es por eso que exijo, ahora, la misma firmeza, crítica e indignación que Habermas mantenía con otras especificidades de los diarios.
Tampoco pretendo elaborar un manifiesto utópico e ingenuo, sé que en nuestro mundo impera la polémica y lo irreverente, y seguramente esos mismos editores interesados que mencionaba Bücher sean los que instiguen a la crítica para volverse más voraz. Pero con tanta exhortación, los críticos parecen haber olvidado ya a quién ladran. Las críticas habituales de los periódicos no son reseñas analíticas, se han convertidos en disparos de precisión, manifestaciones ampulosas y rimbombantes y crueles. Y entre tanta referencia a la Nouvelle Vague, al cine pakistaní de los 60 y la composición errónea de planos, el lector común sólo es capaz de percibir la clara connotación de la reseña: Es una mierda.
No pretendo suavizar el discurso del crítico actual, ni siquiera denunciar el sensacionalismo periodístico, simplemente trato de averiguar cuál es la función de esas reseñas en la prensa diaria. Ya he descrito antes al lector prototípico de la sección cinéfila: personas cuya falta de interés por la crítica hace de ellos sujetos vulnerables ante la misma.
Quien busca un análisis crítico estará siempre preparado para cualquier visión detractora y será capaz de enfrentarse ante ella de una manera positiva (comprendiendo e interiorizando las premisas del crítico de manera razonada) o negativa (rechazando sus argumentos a través del raciocinio y la voluntad propia). Alguien que, en vez de buscar un análisis crítico, trate de hallar una simple guía de motivación para el fin de semana siempre estará más expuesto. Y si esa persona, en un momento de inocencia, lee una crítica negativa de una película, no irá a verla el viernes ni el sábado. Tampoco acudirá a las salas la próxima semana, pues ese punto negro- o cual quiera que sea el símbolo peyorativo de los críticos- seguirá presente al lado del título.
Es cierto que hasta ahora sólo he concebido críticas negativas, y tengo tres razones principales para haberme centrado en ellas:
  1. Las críticas positivas no representan tanto motivo de queja, pues- desde la perspectiva práctica- facilitan el éxito de determinadas películas en el mejor de los casos y elevan la imagen de los creadores en el peor. Por eso, antes de mencionarlas, quería dejar claro que en el sistema al que pertenecen,
  2. a escala, el daño que causa un comentario peyorativo publicado en un periódico es potencialmente mayor que el beneficio que pueda otorgar un reportaje afectivo. No debemos olvidar que el cine sobrevive en gran parte gracias a la taquilla y venta de DVDs. Además,
  3. ha surgido en los últimos años una tendencia repetida por parte de los críticos a ridiculizar, despreciar, execrar y humillar a los autores del cine, y parece que cuanto más mortífero sea el comentario mayor es la satisfacción de éstos.
Conviene volver a aclarar que no es mi voluntad firmar ningún alegato ideológico, tampoco una declaración de principios, sólo pretendo esclarecer si la crítica actual es consciente de su oficio, pues yo más los calificaría de francotiradores verbales que de analistas de la cultura.
Y vuelvo a preguntarme, entonces, ¿cuál es la función del crítico?
Obviando por un momento las facetas artísticas, creativas e imaginativas del cine, el mercado resulta un factor imprescindible en su supervivencia. Y con mercado me refiero, como ya he mencionado en el punto tres, a la recaudación que consigan a través de la taquilla y la venta de DVDs. Por lo tanto, ¿es lícito que un periodista atente contra una disciplina cultural de esta forma?
Algunos escépticos restarán importancia a este cuestionamiento, alegando que nadie presta tanta atención a los críticos. Y aunque así fuera, lo cual es más que discutible, hablamos del fin de una crítica en un periódico. ¿Acaso poseen los críticos una visión superior que les permita destruir impunemente una creación artística? Y también incluyo las reseñas positivas, pues aunque en muchos casos otorguen beneficios al séptimo arte, no creo que formen parte de un sistema analítico justo. Además, la inclinación tendenciosa de algunos críticos hacia ciertos géneros o procedencias puede constituir un elemento igualmente distorsionador. El papel selectivo de la puntuación (ya sea por estrellas, puntos o reseñas) es inconcebible en esa formación democrática de la opinión y la voluntad que exigía Habermas. Pues, ¿es la labor de un periódico canalizar el gusto de los lectores? ¿Tiene un periódico la potestad de arruinar un producto cultural?
Y el problema se agrava aún más con la nueva horda de críticos que asola la prensa diaria: predicadores subjetivos, parciales y arrogantes. En la película de animación Ratatouille(3), el crítico Antón Ego recitaba en alto su última reseña paseando por un despacho en forma de ataúd:

"La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos, arriesgamos poco, y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas - divertidas de escribir y de leer- pero la triste verdad que debemos afrontar, es que en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica."

Hace cuarenta años aproximadamente Albert Kentz(4) definió unas bases claras de cómo constituir el análisis de manera correcta. Subrayó así cuatro puntos esenciales para que el análisis resultara factible:
  1. Ser objetivo
  2. Ser sistemático
  3. Limitarse al contenido manifiesto
  4. Cuantificar

Extrapolado a la crítica cinematográfica, estos preceptos tendrían un consecuente claro. Reseñas que desvelaran pequeñas pinceladas de la película. La trama, el reparto, la ficha técnica, algún que otro antecedente e incluso influencias o estilos. Significaría prescindir de los críticos y, en su lugar: ¡analíticos! Dejaría de haber censores. Ahora tendríamos verdaderos conductores de cultura, una sección cinematográfica libre de esa altanería y soberbia. Y los críticos, desterrados, se verían obligados a huir allí a donde siempre han pertenecido. La sección de opinión.
Sin embargo, son muy pocos los que siguen estas premisas tan básicas, las cuales, a mi modo de ver, constituyen hipótesis imprescindibles para un sistema justo. El gusto del crítico, el subjetivismo, el carácter parcial y personal, al contrario, resultan características totalmente prescindibles.
No enumeraré la larga lista de complicaciones a la hora de hacer una película. Sólo pido que por una vez aguardemos hasta el final sentados en la butaca. Que veamos la inmensa cantidad de nombres que se funden en el negro. Y entonces, nos volvamos a preguntar una vez más si la crítica subjetiva y arbitraria de los periódicos tiene algún sentido. O mejor, que tratemos de averiguar cuál es éste.
El monologo de Antón Ego no terminaba del modo en el que yo lo he concluido:

"Pero hay ocasiones en que un crítico realmente arriesga algo, y esto ocurre en el descubrimiento y defensa de lo nuevo. El mundo es a menudo cruel con los talentos nuevos, las nuevas creaciones; lo nuevo necesita amigos."

Y del mismo modo que un crítico puede arriesgarse con un nuevo talento, debería poder replantearse su papel como adalid en la sección diaria de Cine.
Vuelvo a escuchar la melodía de Dylan en mi cabeza. Los tiempos están cambiando. La cinta de super8 ha acabado y ahora gira suelta en el mástil del proyector. Donde antes había imágenes ahora sólo veo blanco. Delimitado por la luz circular, blanco. Sin colores, sin formas ni movimiento. Aún.

Por Martín Ibarrola Nájera

Notas:

1 - Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública (Ed. GG, 1981, Barcelona). Pág. 210.
2 - Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública (Ed. GG, 1981, Barcelona). Pág. 244.
3 - Brad Bird y Jan Pinkava (Directores), Brad Bird (guión) y Jan Pinkava, Jim Capobianco y Brad Bird (Historia).
4 - Kentz, Albert. Para analizar los Mass Media (Ed. Fernando Torres, 1971, Valencia). Pág. 159.

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